
En la superficie de un torrente rápido seria imposible distinguir los reflejos de los objetos lejanos, así como el de los cercanos; no siendo turbio y estando libre de espuma, es tal el continuo fluir del oleaje, tal el cambio incesante del agua, que los reflejos resultan inciertos, poco claros e indescifrables.
Solamente cuando el torrente, después de haber atravesado ríos y mas ríos, llega hasta la tranquila y ancha desembocadura, o bien hasta la silenciosa ensenada, o hasta un lago donde no tiemblan olas, sólo entonces veremos en la superficie, lisa como un espejo, cada hojita del árbol costero, cada pluma de la nube fina y la densa profundidad azul del cielo.
Así yo, como también tú, si hasta ahora no supimos reflejar la verdad diáfana e inmortal, ¿no será porque seguimos moviendonos constantemente? ¿ De que vivimos todavía?...
Alejandro Solyenitzin.
